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Almohadillas agrietadas en el perro: qué hay debajo de la grieta
Una almohadilla agrietada no es un diagnóstico, es lo que se ve. Debajo puede haber desgaste, un gen mapeado en dos razas concretas o una enfermedad que no tiene que ver con la pata. Lo que está medido en perros es poco y muy concreto, y sirve más para descartar que para tranquilizar.

«Se le han agrietado las almohadillas» no es un diagnóstico: es lo que se ve desde arriba. Debajo puede haber desgaste, puede haber un gen, y puede haber una enfermedad que no tiene nada que ver con la pata. Aquí va lo que está medido en perros —que es bastante menos de lo que parece— y cómo se distingue una grieta de rozar de una que se mira en la consulta.
La almohadilla no es un callo: es un amortiguador de varias capas
Lo primero que conviene quitarse de la cabeza es la idea de la almohadilla como un trozo de goma dura. En un trabajo publicado en Biology Open se examinó la almohadilla de seis perros —dos pastores alemanes y cuatro perros rurales chinos— y se reconstruyó su estructura por capas: epidermis queratinizada por fuera, papilas dérmicas debajo y tejido adiposo con tabiques más abajo todavía. Con esa geometría real montaron un modelo de elementos finitos y compararon el impacto contra un bloque de material uniforme: el pico de fuerza vertical bajó de 2,7 N a 1,7 N, un 37 % menos.
Eso cambia cómo hay que leer una grieta. Lo que se abre es la capa de fuera, la queratinizada, que es justo la que separa todo lo demás del suelo. Una fisura no duele por ser fea: duele —y se infecta— porque hay estructura debajo que ya no está tapada.

Hay grietas que vienen con un gen debajo
En algunas razas la almohadilla se pone dura sin que nada la haya desgastado. Es la hiperqueratosis hereditaria de la almohadilla, y está mapeada: en PLOS Genetics se hizo un estudio de asociación en Kromfohrländer con 13 perros afectados y 29 sanos, se replicó en Terrier Irlandés con 10 afectados y 21 sanos, y se dio con una variante del gen FAM83G. La descripción clínica de ese mismo trabajo es exactamente lo que se ve en casa: la almohadilla se engrosa y se endurece, la superficie pierde elasticidad, y sobre esa superficie inelástica aparecen después las grietas y las fisuras, que son las que abren la puerta a las infecciones secundarias.
El dato que más sirve al lector es el de la edad: se reconoce en perros jóvenes, a partir de las 18 a 24 semanas. Si el perro es un cachorro de una de esas razas y tiene las almohadillas duras antes de haber pisado nada, la conversación no es qué crema comprar, es qué tiene. Aunque hay que decirlo también al revés: son dos razas poco comunes en España, y ese trabajo no dice nada sobre por qué se agrietan las almohadillas del resto de perros.
Y hay grietas que no hablan de la pata
Existe un síndrome en el que la piel se rompe porque el hígado no está haciendo su trabajo. En un estudio publicado en el Journal of Veterinary Internal Medicine se revisaron 41 perros con este síndrome hepatocutáneo, y una de las fotografías del propio trabajo muestra hiperqueratosis leve y fisura de la almohadilla. Este es el reparto de cómo llegaron:
Ojo con la lectura fácil, porque es la contraria de la útil. Esto no significa que una almohadilla agrietada apunte al hígado: es una enfermedad poco frecuente que, entre otras cosas, se ve en la almohadilla. El dato que sí cambia algo es el de abajo: casi la mitad de esos perros no tenía lesiones de piel llamativas cuando se les diagnosticó. La almohadilla no es un semáforo fiable en ninguna de las dos direcciones, ni para tranquilizarse ni para asustarse.

Con eso en la mano, lo práctico es mirar el contexto antes que la grieta. Una sola almohadilla partida después de un verano de asfalto y gravilla se explica sola —y de a cuántos grados se pone el suelo hablamos largo aquí, con la advertencia de en qué especie está medido cada umbral—. Las cuatro patas engrosadas a la vez, sin motivo mecánico, y con el perro más apagado, es otra cosa.
Lo que sí depende de ti, todos los días
Casi todo lo que se puede hacer en casa se reduce a mirar pronto. En casa, la grieta que hemos pillado el primer día se ha arreglado sola dejando de pisar gravilla; la que descubrimos cuando ya cojeaba, nunca. Pero mirar todos los días exige algo que no es gratis para el perro: que le cojas la pata y se la sujetes.
Y eso lo nota. En Applied Animal Behaviour Science se midió con pulsómetro a 35 perros durante un corte de uñas en un entorno veterinario simulado: la frecuencia cardiaca subió de 97,3 latidos por minuto de base a 121,7 durante el procedimiento. Además, el 45,7 % forcejeó en exceso o llegó a la agresión con al menos una uña, y el 31,4 % ya había pasado por un corte doloroso antes. No es lo mismo cortar una uña que abrir los dedos para mirar: eso lo separa el estudio y lo separamos nosotros. Lo que comparten es la parte que el perro registra, que es la sujeción.

Cómo se enseña tampoco es opinión. La AVSAB, la sociedad americana de etología clínica veterinaria, recomienda en su declaración sobre atención veterinaria positiva que los cuidados que se hacen en casa se construyan con contracondicionamiento y refuerzo positivo, con la mínima sujeción posible y evitando la fuerza, y avisa de algo que explica muchas peleas: basta una experiencia desagradable para que el miedo se generalice a las siguientes. Que se deje no significa que le guste, que es justo lo que contamos con los gatos y el cepillo a partir de dos estudios distintos.
Todo lo que hemos podido citar aquí está medido sobre enfermedades con nombre: un gen en dos razas concretas, un síndrome hepático poco frecuente. De la almohadilla que se agrieta sin más, la del perro que pisa gravilla y asfalto todos los días, no hemos encontrado nada medido: ni cuántos perros la tienen, ni cuánto tarda en cerrarse, ni qué la cierra antes.
Así que este artículo sirve para lo contrario de lo que suele prometerse: sirve para descartar, y para saber cuándo la grieta deja de ser una grieta. Para el resto no tenemos cifra que darte, y preferimos decirlo.
La revisión diaria que no has practicado en seco no la vas a estrenar el día que hay una grieta y prisa.
Primero la limitación, que aquí es doble: esto no trata una hiperqueratosis ni cura una fisura, y tampoco seca entre los dedos, que es donde se queda la humedad. Esa parte sigue siendo de la toalla. Y si la almohadilla está abierta, no metas la pata en agua: eso se mira antes.
Para lo de cada día sí ayuda, y por un motivo tonto: mete la pata en un vaso con cerdas dos segundos, en vez de perseguirla con una toalla mojada, y eso convierte la revisión diaria en algo que dura lo que dura y no en una pelea. Es el limpiador de patas que tenemos en la entrada, y aprovechamos esos dos segundos para mirar. Lo demás de ese rato —el barro, el pelo mojado, la arena del parque— lo tenemos junto en después del paseo.
Resumiendo: la grieta es un signo, no un diagnóstico. Mira el contexto —una pata o cuatro, con desgaste detrás o sin él, con el perro igual de contento o no—, y guarda la consulta para cuando cojee, se lama esa pata o no cuadre nada. Nada de esto es urgente. Lo único que hay que hacer a diario es mirar.
Las fuentes de este artículo
Qué sostiene cada una, para que no tengas que creernos.
RespaldaQue la almohadilla del perro amortigua por su estructura en capas, y que en un modelo de elementos finitos construido a partir de esa estructura el pico de fuerza vertical bajó de 2,7 N a 1,7 N (37 %) frente a un material uniforme
RespaldaQue la hiperqueratosis hereditaria de la almohadilla se asocia a una variante del gen FAM83G, se reconoce en perros jóvenes a partir de las 18-24 semanas, y que la superficie inelástica desarrolla después grietas y fisuras que predisponen a infecciones secundarias
RespaldaQue en 41 perros con síndrome hepatocutáneo el 54 % (22/41) tenía lesiones cutáneas fulminantes al diagnóstico, el 73 % (30/41) las desarrolló durante el seguimiento y el 46 % no tenía lesiones aparentes al diagnosticarlo; una figura del trabajo muestra hiperqueratosis leve y fisura de la almohadilla
RespaldaQue sujetar la pata para un corte de uñas eleva la frecuencia cardiaca de 97,3 a 121,7 latidos por minuto, que el 45,7 % de los perros forcejeó en exceso o escaló a agresión con al menos una uña y que el 31,4 % había pasado antes por un corte doloroso
RespaldaQue los cuidados hechos en casa se enseñen con contracondicionamiento y refuerzo positivo, con la mínima sujeción y evitando la fuerza, y que una sola experiencia desagradable puede generalizar el miedo a las siguientes
Solo citamos sociedades de etología, revistas de conducta animal revisadas por pares y organismos oficiales. No citamos fabricantes de pienso ni tiendas.
El equipo de Calmora
Escribimos sobre bienestar de perros y gatos desde una tienda pequeña. No somos veterinarios ni etólogos, y por eso no afirmamos nada por nuestra cuenta: cada dato lleva su fuente enlazada arriba, y lo que no podemos sostener con literatura lo contamos como lo que es, experiencia propia.
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Los enlaces de este artículo llevan a los trabajos originales. Si algo de lo que contamos aquí no encaja con lo que ves en casa, tu veterinario conoce a tu animal y nosotros no.
